Comprando un buen ambiente

España cumple con el Protocolo de Kioto“. Este es el titular que venía esperando desde hace tiempo y que por fin ayer pude leer en el periódico. Eso sí: es una mentira.

Aún recuerdo como en el primer año de universidad, allá por 2004, realicé un trabajo acerca de las emisiones que los distintos países de la Unión Europea debían cumplir con tal de ajustarse a los requisitos de Kioto. Aunque muchos países necesitaban reducir sus emisiones, España, una de las afortunadas, podía incrementarlas en un 15% en relación a las del año 1990 (el año base para los cálculos). En el 2004 se superaba el umbral en un 45%.

Pues bien, ahora el país está a punto de cumplir con el protocolo. Gracias al ahorro en energía. Gracias al aumento del uso del transporte público. Gracias a la implantación de energías renovables. Gracias a la compra de bonos de emisiones de CO2.

El cambio climático es muchas cosas. Entre ellas, un negocio. El Comercio Internacional de Emisiones permite que un Estado rebaje sus emisiones a base de comprar literalmente “emisiones no emitidas” a otro Estado. La idea toma algo de sentido al ser países desarrollados los que pagan a otros en vías de desarrollo por sus emisiones. Estos países deben invertir el dinero recibido de sus “emisiones no emitidas” en proyectos beneficiosos para el medioambiente. De esta manera, el comercio toma mucho más sentido desde el momento en que el país comprador en cuestión acuerda que estas actuaciones las llevarán empresas propias.

Aunque la Comisión Europea estableció un precio estimado de 20 euros por bono, hoy en día ya cotizan por debajo de los 8 euros, así que la supuesta inversión verde que recibían los países por sus no emisiones son cada vez menores.

El resultado directo de esta devaluación es que el seguir emitiendo tiene cada vez un precio más bajo. Este comercio puede generar una aberración tal que sea más barato en términos económicos seguir aumentando las emisiones y pagar por bonos, que invertir en nuevas tecnologías. Así que no es más limpio quien menos emite, si no quien más dinero tiene.

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